Tren (2)

Escogí vivir en Mainz porque me gustan las ciudades pequenias --cierto, Frankfurt tampoco es una ciudad enorme, pero suficiente para no ser atractiva para mí-- y porque colinda con un gran río en cuyas orillas la gente se baña de luz de sol en verano mientras disfruta de una rica carne a la parrilla y una cerveza. Todo esto, y el hecho de que Mainz está a una hora de Frankfurt, me ayudaron a tomar una rápida decisión.

Era verano y yo aprovechaba los fines de semana para pasear por la ciudad en bicicleta, comer carne asada a la orilla del río, tomar cerveza helada, usar ropa de lino y ver a la gente pasear sonriendo a causa del buen clima. Mis días laborales, por otro lado, eran un poco más grises. A grandes rasgos, consistían en tomar el tren hacia Frankfurt por la mañana, trabajar hasta medio día, comer en algún localito de comida rápida (generalmente tailandesa o india), regresar a la oficina y en la noche volver a tomar el tren hacia Mainz. Después de un par de meses siguiendo el mismo ritmo, me di cuenta de que había conocido a muy pocas personas --y de esas pocas, la mayoría eran sólo conocidos a quienes saludaba por mera cortesía.

Viajar en tren en verano es un completo fastidio. Normalmente ya es bastante aburrido pasar una hora sentado en asientos incómodos viendo las inexpresivas caras de las otras personas, que usualmente van sumergidas en libros, oyendo música, en sus pensamientos o en sueños. A esto se le suma el calor del verano. Dependiendo del tren, es posible que haya aire acondicionado o no. En el tren en el que acostumbro viajar no hay, así que los primeros meses, mientras viajaba en tren, no podía pensar, no podía mantener los ojos abiertos, la ropa, húmeda, se me pegaba a la piel incomodándome con cualquier movimiento.

Al cabo de seis meses yo ya me encontraba más o menos acostumbrado a mi nueva vida, me habí a logrado acostumbrar (finalmente) al Euro, el idioma ya no me causaba dolor de cabeza, no extrañaba mi automóvil y empezaba acostumbrarme por completo a la comida, al igual que a las costumbres del pueblo. Me había tocado un carnaval y uno que otro festejo y estaba convencido de que la gente era bastante amigable y de que sería pan comido entablar amistades en un futuro no muy lejano.

El verano siguiente yo había aprendido ya muchas cosas acerca del lugar donde vivo, como por ejemplo que la gente es siempre muy decente cuando va caminando por la vida diaria, pero el servicio que uno recibe en cualquier tipo de negocio es pésimo; que no te dan permiso de residencia si no tienes seguro médico; que es permitido comprar cigarros desde los 16 años de edad; que es permitido tomar bebidas alcohólicas en la calle; y que viajar en tren es, quizás, la actividad más monótona que uno pueda imaginar.

Pero a veces, una en cada mil, algo pasa, sólo un instante. Como una ligera brisa que te roza la mejilla. Volteas instintivamente. Nada, pero te quedas observando. Nada, pero ahí está, retándote, a penas saliendo de tu alcance.

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