Tren (primera parte)

Los viajes en tren, normalmente, no deparan ninguna sorpresa --llevaba ya algunos años viajando en tren, ya lo sabía de sobra. Al terminar la universidad, hace casi seis años, encontré un trabajo en el área de ventas de una compañía que fabrica piezas electrónicas y, gracias a mis conocimientos de alemán, fui transferido a las oficinas de Europa, ubicadas en Frankfurt am Main, Alemania.

Yo ya había estado en Alemania un par de veces antes y sabía que es mucho más fácil y económico viajar en tren que en automóvil. La primera vez que fui, renté un Peugeot 405 automático para moverme cómodamente y me sorprendí al notar que no sólo es prácticamente imposible encontrar estacionamiento (gratuito, menos), sino que, además, las calles están trazadas de tal forma que uno tiene que rodear toda la ciudad para ir a lugares relativamente cercanos. Mi terquedad, sin embargo, me llevó a utilizar el auto unos días más. Todos con el mismo resultado. Al final del viaje pensé que mejor hubiera comprado boletos de autobús.

'Lo prometido es deuda' pensé, y en mis viajes posteriores compré una "Monatskarte" para moverme libremente en autobús por la ciudad durante todo el mes. Buena decisión, durante esas visitas estuve mucho más tranquilo y gasté menos en transporte. Así, cuando llegué a vivir a Mainz yo ya tenía algunas experiencias en el bolsillo y lo primero que hice fue comprar una bicicleta y una "Jahreskarte" (boleto anual) para viajar en tren.

Mi trabajo, al igual que antes de ser transferido, consistía en coordinar el área de ventas de la empresa. La mayoría de nuestros clientes eran empresas estadounidenses; sin embargo,
la compañía empezaba a expandirse y ahora necesitaban a alguien que se hiciera cargo de la división europea, cuyas oficinas se ubican en Alemania. Cuando recibí la oferta, yo llevaba cinco años en un puesto equivalente para Norteamérica, no ganaba mal y tenía buenas prestaciones. Pero, por otra parte, ya odiaba el tráfico de la ciudad, casi todos mis amigos se habían ido a trabajar fuera y llevaba poco tiempo de haber terminado con una relación que era un poco estresante (y el final no fue muy alegre tampoco) y la idea de empezar de cero en un lugar nuevo me aceleraba el ritmo cardiaco y la adrenalina me hacía temblar de emoción. Sin pensarlo mucho acepté el nuevo trabajo y, cuando me di cuenta, ya estaba a bordo del avión hacia una vida nueva.

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