Amigos... Hasta el final (1)

Dios no existe. No es más que una fantasía que hemos venido arrastrando los últimos 2000 años. ¿Cómo explicas que en más de un milenio no ha pasado ningún milagro? O, mejor aún ¿Cómo explicas que tanta gente adore al mismo dios y, sin embargo, no todos reciben el apoyo que piden? Mira el caso de la semana pasada con la lucha de box entre Fernando Solís y Emilio Buendía. Ambos son igual de buenos, llevan el mismo récord de victorias y derrotas, tienen la misma edad y el mismo peso, casi me atrevería a decir que tienen la misma condición fisica. Ambos, antes de subir al ring rezaron y se encomendaron a dios (son de la misma religión, si no mal recuerdas). ¿Cómo explicas entonces que Solís ganó? Y tan contundentemente...

Sabino Barrera tomó la pregunta, la escuchó, después la repitió en su cabeza para sí mismo. Él disfrutaba mucho del box y sabía de sobra que la lucha era pareja. Por supuesto, la idea de que la lucha pudiera haber estado arreglada pasó por su cabeza, pero había algo más que lo hacía tomar el ejemplo muy seriamente... No era la primera vez que se veía confrontado con un ejemplo así.

Barrera nació en una familia creyente y desde pequeño sus padres tomaron la responsabilidad de educarlo y enseñarle cómo funciona el mundo. Así pues, el pequeño Barrera encontró todas las respuestas a sus preguntas al alcance de la mano. De pequeño se enteró de que los hombres y las mujeres somos creación de Dios, al igual que todo lo que hay en el mundo; se enteró de que hay que portarse bien, porque sólo así nos va a aceptar Dios en su reino después de morir; también que a los que hacen algo malo los va a castigar --y que hay un lugar a donde van los humanos malos; que no va a volver a ver a su tortuguita muerta porque ella, al no tener alma, no va al mismo lugar que él; que hay que rezar para que Dios esté contento; que Dios es omnipotente y omnisapiente, etc...
Como es de esperarse, Barrera es, ahora, un buen creyente, asiste a las reuniones reiligiosas una vez por semana, reza todos los días y, por supesto, sabe que Dios siempre está ahí para ayudarle con sus preguntas o problemas, cuales quiera que éstos sean.

"Esa es una muy buena pregunta que yo ya me he hecho algunas veces antes" dijo Sabino y le dio un momento a Ricardo, un pequeño momento que bastó para hacer su punto, pero no para que el otro interrumpiera. "Pero ¿Sabes?", siguió, "No puedes ir por la vida cuestionando las acciones de Dios con la esperanza de entenderlo porque no lo vas a lograr".

El mismo día que Sabino nació, en la misma ciudad nacía Ricardo Vélez. Ricardo llegó a una familia de ateos. Su padre era filósofo y su madre era médico; ambos tuvieron mucha paciencia para enseñarle a su pequeño hijo todo lo que había que saber del mundo. Así, Ricardo se volvía cada vez más inquieto y se enteró de que no hay una respuesta concreta para la mayoría de las preguntas que hacía. Él sabía que alguien hizo una teoría acerca de la evolución, que era lo más concreto que existía hasta la fecha y que nadie sabe qué pasó antes de que existiéramos o cómo es que todo empezó --aunque le gustó mucho la explicación del Big Bang. Transcurrieron los años y parecía que nada podía apaciguar la curiosidad de Ricardo. Aprendió de sus padres que cuando ellos no saben algo, buscan libros y leen para aprender más. De modo que él empezó a leer y al poco tiempo se halló devorando libros que más que satisfacerlo lo hacían intrigarse más en los misterios que ofrece el mundo donde vivimos.

Ricardo y Sabino se conocieron en la escuela a la edad de 6 años. Los dos eran muy hábiles para las tareas académicas y en los descanzos ambos comían un sandwich de mermelada y una fruta --aunque a veces, cuando llevaban plátano, éste se hacía negro por el golpeteo en la mochila y lo terminaban tirando a la basura. Se hicieron amigos muy rápidamente y, salvo aquellas veces en que Ricardo no podía aguantar ver la injusticia que algunos adultos cometían al decirle mentiras a sus hijos --en cuyo caso, él les decía la verdad (cosas como "No, Santa Claus no existe")--, generalmente eran inseparables.

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